PSICOLOGIA DEL DESARROLLO


¿SON IRREVERSIBLES LAS EXPERIENCIAS DE LOS PRIMEROS AÑOS DE VIDA?

Parece ser un hecho incuestionable que las experiencias que vivimos en nuestra primera infancia nos marcan de forma indeleble.
Por supuesto que la carga genética también juega un papel importante, a favor o en contra, de nuestro desarrollo intelectual, pero la educación y el ámbito social y familiar en que nacemos determinan la base de nuestra personalidad. Si un niño nace en un ambiente de afecto, comprensión y valores, seguramente madurará en una personalidad abierta, tolerante y con una alta autoestima, lo que le dará la confianza suficiente para seguir avanzando en su formación. Si en cambio, el niño percibe a su alrededor desapego, desconfianza, miedo, ira o cualquier otra sensación negativa, lo tomará como normal, y eso hará que crezca en la certeza de que debe ser agresivo, desconfiado, poco receptivo y dispuesto a creer lo peor de sí mismo y de los demás.
Por tanto parece claro que la educación de los bebés y niños en sus primeros años de vida es el pilar en el que se fundamentará  una sociedad mejor. Y puesto que la primera educación se hace en el núcleo familiar, ¿no se debería potenciar y ayudar a las familias a transmitir valores, a educar con conciencia social?
Sin embargo no está todo perdido. Para el viaje de la vida, partimos con un bagaje mínimo: el atisbo de personalidad que nos dan esos primeros años, y que estará latente hasta el final de nuestros días. Pero por el camino, encontramos continuamente experiencias nuevas que pueden afianzar esos rasgos de nuestro carácter o bien modificarlos de alguna manera, pues el ser humano, como ser emocional, es fácilmente maleable. Así, nada es irreversible, aunque sí más y más difícil cuanto más avanzada es la edad.
En algún momento, cada persona ha de descubrirse a sí misma, analizar cómo es y cómo quiere ser, qué objetivos o metas desea alcanzar, y proponerse cambiar lo que sea necesario para conseguirlo. El cambio es posible, siempre y cuando uno esté convencido de ello.
Así que el mero hecho de nacer en una u otra familia, cultura o sociedad, no es el indicativo de que una persona vaya a tener más o menos capacidades para enfrentarse a la vida, pero sí influye de forma definitiva en las oportunidades que se le ofrecerán a esa persona. Que sepa o no aprovecharlas, eso sí que dependerá exclusivamente de cómo se haya formado su personalidad, de que los rasgos de su carácter básico sean adecuados para ello, y de que a lo largo de su vida haya sabido potenciarlos o minimizarlos según sus objetivos.
Convendría por tanto, en mi opinión, una prevención temprana, pero no sólo desde la educación infantil a familias de “alto riesgo”, sino más temprana aún, con acciones dirigidas a la sociedad en general, para futuros padres o padres recientes, enseñando a enseñar en valores que consigan mejores personas, con ayudas públicas que permitan a los padres ocuparse de formar a sus hijos, y con actuaciones rápidas sobre trastornos de conducta que son fáciles de cambiar a temprana edad pero muy difíciles de corregir en edad adolescente o adulta.